Una experiencia de integración
Discriminarnos de las mujeres, de nuestros antecesores, de nuestros contemporáneos y de nuestros sucesores abría la posibilidad de saber quiénes somos, de descubrir la originalidad de lo masculino y la singularidad de cada varón. Cuando arrancaba el tramo final de este siglo y de este milenio, esa asignatura de los hombres no podía seguir pendiente sin causarnos dolor, desorientación, confusión, extravío y sufrimiento. La historiadora y filósofa francesa Elisabeth Badinter (autora de XY-La identidad masculina y participante de los movimientos feministas de mediados de siglo) reconoce que «la adquisición de la identidad masculina es ardua y dolorosa, mucho más que para la niña adquirir la propia». En un documental sobre los grupos coordinados por el poeta e investigador jungiano Robert Bly (uno de los iniciadores de este movimiento), se ve a un muchacho pararse en determinado momento y preguntar: «¿Dónde están los hombres de hoy?».
La respuesta más simple podría ser esta: están sumergidos debajo de roles, exigencias y mandatos que los inmovilizan, los bloquean emocionalmente, paralizan sus impulsos más genuinos y auténticos y postergan la potencialización de sus posibilidades.
Quiero citar rápidamente el gran cambio que desde los años 50 en adelante (y particularmente desde los 60) protagonizaron las mujeres en cuanto a su propia situación, sus propias postergaciones y sus propia femineidad negada. La trampa de los estereotipos mantuvo cazados durante generaciones a mujeres y hombres por igual, enfrentándonos en una «guerra de los sexos» que sólo tuvo (y sólo puede tener aún hoy) perdedores.
Las tres décadas de transformación de lo femenino son encomiables e imprescindibles en el cambio del escenario de las relaciones humanas en nuestra sociedad. Pero es insuficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. El psicoterapeuta James Hillman (compañero de ruta de Bly) dice que desde la Revolución Industrial en adelante el hombre ha ido siendo alejado -por la cultura, por el entorno, por los mandatos educativos, por sus propias obsesiones- de lo masculino profundo. El intento de recuperar esa masculinidad se ha ido convirtiendo, dice Hillman, en «el primer proceso social posmoderno».
Hombres en grupo
Los grupos de hombres son una manifestación de ese proceso. No todos estos grupos son iguales, aunque tengan un objetivo común: romper el cerco del estereotipo y explorar otras áreas de la masculinidad. Algunos procuran desenterrar el hombre «salvaje» o natural volviendo a escenarios primitivos y selváticos en los que se recuperan y ensayan antiguos modos de comunicación (corporal y percusiva). Otros ponen el acento en la reflexión sobre la propia condición y en la indagación intelectual. Hay grupos que trabajan en 