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EDICIÓN 30
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  Sobre el morir

Dina Minster (*)


Desde muy joven me preguntaba porque la gente temía a la muerte cuando era la vida la que nos planteaba situaciones que muchas veces parecían insostenibles. Saber que la vida no era eterna me parecía tranquilizador. Si uno llegaba al límite de no tolerar el sufrimiento pensar en la muerte me servía de consuelo.
Me propongo explorar como supe de la existencia de la muerte. Mi primer recuerdo se remonta a mis 5 años. Vivíamos en un departamento en la esquina de Scalabrini Ortiz (Canning en aquel entonces) y Warnes. Lo compartíamos con otra familia compuesta por un matrimonio y un hijo de mi edad. Un día mamá vino a retirarme del Jardín y me contó que el señor había fallecido y la señora estaba muy apenada. Me pidió que cuando trajeran a Luisito  yo jugara con él como si nada hubiera pasado. La sorpresa al llegar a la casa fue ver vacío el comedor con sillas alrededor. Había una mesita redonda a la cual le puse una carpetita tejida al crochet. Cuando trajeron a Luisito le propuse festejar algo que no recuerdo. El aceptó. No sé que pasó después.
En primer grado murió mi maestra atropellada por un tranvía. Nos lo informaron y sentimos mucha pena que pudimos expresar. Fue la primera vez que le escuché decir a mi padre que LA MUERTE ES PARTE DE LA VIDA. Nunca lo olvidé.
Llegué a la Argentina el 3 de mayo de 1938. Cuando en l939 se declaró la guerra en Europa, donde había quedado TODA la familia de mamá. En casa se vivían, leían, comentaban y sufrían todas las
Noticias que llegaban. La angustia de no saber de la vida y muerte estaba entre  nosotros día a día.
También todas las vicisitudes de  la vida cotidiana. El 29 de mayo del 39 había nacido mi hermanita argentina y toda mi familia estaba en el proceso de integración a este nuevo país que papá eligió para nosotros intuyendo lo que se venía en Europa.  Otra vez vida y muerte coexistían.
Cursaba 3er, grado cuando murió una compañerita. La maestra nos lo informó con los ojos llenos de lágrimas. Lloramos todos. Después pidió que levantáramos la mano los que quisieran ir al velatorio.
Quise. Sería la primera vez que vería a la muerte de cerca. Al llegar a su casa me impactó todo; el  blanco ataúd en el cual Ana dormía el sueño eterno. Vestida de blanco, sus uñas pintadas de rojo y una rosa roja entre sus manos cruzadas sobre el pecho. Nunca la había visto tan hermosa. Era una princesa de un cuento de hadas. Cuando cerraron el cajón lo llevaron a una carroza blanca tirada por caballos también blancos. Más que dolor lo que sentí fue fascinación. Creo que pensé que morir así era algo así como un privilegio. La muerte apenaba, no asustaba.  Pienso hoy que en aquellos años a la muerte se la recibía de frente y con dolor pero sin espanto. Aun siendo niños nos permitían verla de cerca.
Un poco  mayor murió un vecina vieja. Mi curiosidad me empujó a entrar a su cuarto. Todavía estaba en su cama con un vientre tan hinchado que me impresionó. Era una muerte fea y me escapé.
No recuerdo otras muertes por esos años salvo las que veía en el cine o leía en las novelas. Creo que fue por esa época que empecé a pensar que la muerte era necesaria porque a veces la vida era tan terrible que buscaba a la muerte o ella venía a rescatarla.
Tenía 22 años. Quien estaba muy enferma era mi abuela Dora, la que viajó con nosotros a la Argentina. Mis abuelos maternos fueron muertos en Lituania. El marido de Dora murió joven. Dora es mi única abuela y la adoro. Se casó sorda. Nos entendíamos muy bien  Tiene cáncer. Estoy mucho con ella. Me pide que le de veneno, no quiere vivir así. Le contesto “Ojalá pudiera”. Acepté su muerte, no quería verla sufrir. Cuando se murió lloré mucho. Con ella sentí lo que mucho más tarde escuché “que la muerte es la presencia de una ausencia”. 

Hoy muchos muertos viven en mí. Mis padres, mis tíos, Ruben mi sobrino, Pupe la hija de mi prima.
Amigos queridos. Mis cuñados Felipe y Pedro. Aprendí que nadie muere del todo si alguien los recuerda. 
Hoy  tengo 70 años. Ya casi estoy terminando mi proceso vital. Nunca estuve más en armonía con la vida y nada me empuja hacia la muerte. Diálogo con ella a menudo. Se que cuando la sienta acercarse no voy a ofrecerle resistencia. Le agradezco haberme ayudado a transitar los vericuetos de la vida para conocer también mi vejez. La espero sin prisa, sin miedo. Sé que viví porque también  aprendí muy joven que la MUERTE ES PARTE DE LA VIDA. Vivo un vida digna que espero ver coronada por una digna muerte.
Como psicoterapeuta  y gerontóloga aprendí que el temor a la muerte es un enemigo del buen vivir.

(*) Dina Minster es Lic. en Psicología, docente de la Escuela de Formación en Gestalt , miembro de la Comisión Directiva de AGBA, y co-editora de esta revista


ENFOQUE GESTÁLTICO Edición 30 Otoño 2006


     
 
Asociación Gestáltica de Buenos Aires l 2007