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EDICIÓN 31
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  Apuntes para nuestro próximo Congreso
Breve noticia acerca del Principio de Incertidumbre

Alejandro Napolitano (*)

El lema que AGBA ha decidido darle a nuestro próximo X Congreso Internacional y III Latino de Gestalt de 2007: Certezas e Incertidumbres en el inicio del siglo XXI, incorpora una palabra que se ha ido convirtiendo, hacia fines de siglo, en un bastión del pensamiento llamado posmoderno.
Cualquiera sea la disciplina científica en que nos movamos, no existe posibilidad de nombrar esta palabra sin hacer mención a un principio que, nacido en el terreno críptico de la física cuántica, ha mostrado una tal capacidad inquietante, que ha permeado las barreras que separan las ciencias particulares, para instalarse como un asunto que a todos nos compete.
Nos referimos, claro está, al Principio de Incertidumbre, indisolublemente ligado al apellido Heisenberg.
¿Qué es lo que dijo este hombre, desde la intimidad de un laboratorio, en 1927, que logra alcanzarnos a nosotros, psicoterapeutas de principios del siglo XXI?
Sospecho que lo que dijo no nos dice gran cosa si lo despachamos así nomás.
Dijo: No se puede medir simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula subatómica.
El principio sostiene que, en el mundo subatómico, no es posible medir, en el mismo instante, la magnitud de acontecimientos simultáneos que son pares de observables de una partícula única. Si mido la velocidad me obligo a desconocer la posición y la trayectoria. Si mido estas últimas es a costa de renunciar a conocer su velocidad. La mitad de mi campo de conocimiento es certero, y la otra mitad es conjetural. Si conozco la velocidad, entonces, la posición probablemente corresponda a algún miembro de una serie de n-posibilidades. Si conozco la posición entonces, probablemente, su velocidad oscile alrededor de alguno de estos n-valores.
Se descubre en aquel momento, ni más ni menos, que la imposibilidad de conocer con certeza la trama interna y precisa de nuestro universo material. De hecho, el universo comienza a desmaterializarse y a convertirse en una constelación azarosa de acontecimientos probables que implican efectos simultáneos e impredecibles de tiempo-espacio-masa-energía. Conocer las condiciones iniciales de un proceso, no nos permite predecir hacia dónde va a derivar ese proceso.
Werner Heisenberg demuestra su principio con una serie corta de teoremas, contundentes y elegantes. Su descubrimiento pasa a constituirse en la piedra angular sobre la que se construye el edificio de de la mecánica cuántica. Heisenberg demuestra la imposibilidad de conocer y de predecir con certeza, entonces su amigo Niels Bohr bautiza su descubrimiento con un nombre que ya no lo abandonará: principio de incertidumbre.
Heisenberg y Bohr trabajaron juntos en el análisis y el tratamiento matemático de las consecuencias del principio, en lo que se conoce como la Interpretación de Copenhagen. Allí sostienen que el universo físico no existe en una forma determinada sino como una colección indeterminable de probabilidades o potencialidades. La interpretación de Copenhagen demuestra asimismo que, en el nivel cuántico, la ocurrencia precisa de un acontecimiento particular no puede ser prevista por ningún instrumento experimental ni constructo teórico. Todo lo que podemos afirmar es que se trata de acontecimientos estadísticamente esperables, y que, entonces, la aleatoriedad forma parte indisoluble de la naturaleza del mundo físico. La contribución de Bohr, en ese sentido, le agrega un componente sustancial. Sostiene que la intervención del observador, su mirada y sus instrumentos, introducen modificaciones inevitables en el fenómeno observado. Esto hace que “el ojo del observador” deba ser integrado en un todo con el fenómeno observado a la hora de extraer cualquier tipo de conclusión experimental.
La conmoción producida por la irrupción del principio fue tremenda. Pensemos que tan sólo cien años antes, en el apogeo de la física newtoniana, dominaba una cosmovisión como la siguiente:
“Si imaginamos un intelecto que en cualquier momento dado conociera todas las fuerzas que animan la Naturaleza, y las mutuas posiciones de los seres que la componen; si este intelecto fuese suficientemente amplio como para someter todos esos datos a un análisis, podría condensar en una sola fórmula el movimiento de los cuerpos más grandes del Universo y del más pequeño átomo. Para ese intelecto nada sería incierto y el futuro, así como el pasado estarían presentes ante sus ojos”. Pierre-Simon Laplace (1749-1827) Ensayos filosóficos sobre la probabilidad.
Ya Einstein, antes que Heisenberg, había pulverizado este tipo de presunciones positivistas. Pero, no obstante, la propuesta del principio de incertidumbre fue tan inquietante, que el mismo Einstein se mostró renuente a aceptarla. Nace así la conocida polémica Einstein-Bohr, a la que pertenece este delicioso intercambio: “Dios no juega a los dados” asegura Einstein, a lo que Bohr responde, “Einstein, no le diga a Dios lo que tiene que hacer”. Podemos ahora afirmar, con el paso de los años y la comprobación empírica, que el principio de incertidumbre logra explicar mejor que otras teorías los fenómenos del mundo subatómico, y que la posición de Einstein no ha probado ser la más acertada.
El principio de incertidumbre, junto con algunos otros conocimientos notables (el teorema de Goedel, el segundo principio de la termodinámica, la teorización del Caos, la geometría fractal, las estructuras disipativas de Prygogine, los campos morfogenéticos, entre varios otros) han sido la columna vertebral de lo que se conoce a partir de Kuhn como un cambio de paradigma. Señala el final de la cosmovisión moderna, que dominó Occidente desde el siglo XVI, para dar paso a otra, que no sabemos cómo se irá a llamar, y que nombramos, por ahora, posmoderna.
Es así que el lema de nuestro Congreso Internacional 2007 coloca a la Gestalt en donde más le gusta estar, en donde se mueve a sus anchas, como en su propia casa, al situarla en medio de certezas adquiridas, y de incertidumbres, que no son (Heisenberg nos lo enseñó) vacíos de sentido sino aperturas hacia lo posible.

(*) Alejandro Napolitano es médico psiquiatra, terapeuta gestáltico y director de la Escuela de Formación en Gestalt de AGBA.


ENFOQUE GESTÁLTICO Edición 31 Invierno 2006


     
 
Asociación Gestáltica de Buenos Aires l 2007