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EDICIÓN 32
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  Ser un Terapeuta: hablando sobre amores y dolores
Jean Clark Juliano (*)


La palabra Terapia viene de Therapeia en griego, y quiere decir hacer el trabajo de los dioses, o estar al servicio de los dioses, o sin embargo al servicio del Todo.
Inspirada por la energía, la atención e interés del grupo con que estaba trabajando, yo había hablado sobre el sentido mas amplio de esta palabra, de nuestra profesión de fe, de las posibilidades del Encuentro, de la relación de amor tan singular que se construye...
Entonces una participante del grupo, de brillantes ojos y sonrisa abierta, decidió de pronto hacer una pregunta: “¿Pero, qué ocurre en el alma del terapeuta a lo largo de los años de ejercicio de su profesión y qué puede él hacer con respecto a sus propios dolores?”
Yo pensé ¿si yo fuera bastante transparente en mi respuesta, cuáles dificultades son las que nombraría para alguien que se encuentra al principio del proceso de elección de su camino profesional? En que situación complicada me colocaste.
De algún modo tu me has atrapado “in fraganti”, porque yo he estado cuestionándome exactamente sobre los dolores inherentes a la ocupación de ser un terapeuta. Pero hasta entonces ese tema era un trabajo interior, discreto, y tú me desafías a poner mis preguntas a la luz del día. Preciso de un tiempo para contestar. ¿Finalmente no se trata aquí de cualquier respuesta, verdad?
Paradójicamente, empezando a pensar, para dar cuenta de esa profesión, hay que ser muy inquieta y sensible. Es exactamente esa inquietud que nos mueve. La sensibilidad hace disminuir el paso y escuchar con atención.
Los amigos me preguntan cómo es posible quedarme todo el día oyendo infortunios. Siempre lo mismo. Y yo contesto que, en 30 años de clínica y de vida adulta, nunca encontré a dos personas iguales. Y es fascinante la manera qué cada uno resuelve su propia vida. Y es creativa.
Yo no quiero con esto decir que esté de acuerdo con sus opciones. Pero, aún cuando estas opciones sean equivocadas, siempre existe un esfuerzo de encontrar el mejor modo de sobrevivir. Yo las veo más como tentativas personales para enfrentar de la vida.
Es cierto, muchas veces la elección recae en un camino destructivo, anacrónico. Pero... “Él que tiene el alma no tiene la calma...” ya dijo el poeta Fernando Pessoa.
Existen, eso sí, personas nutritivas y otras que son tóxicas. De las nutritivas, es obvio, no necesitamos decir mucho. Son personas queridas, calientes, se arremangan y se afanan en el trabajo. Nosotros caminamos en la misma dirección. ¡Y cómo resulta fácil!
Las personas tóxicas pueden contaminar nuestro medio, provocando náuseas, desazón, vampirizando la vida ajena, robando nuestra energía y volviéndonos impotentes, incluso para trabajar con ellas, que requieren tantos cuidados. Trabajan justamente contra lo que más necesitan.
No obstante, con toda la dificultad que el trabajo terapéutico presenta, ellos también necesitan asistencia; en fin, no podemos vivir sólo de hadas; las brujas, con más grandes y buenas razones, necesitan ser ayudadas...
Todavía no tengo respuestas claras para ti, (que también me pediste que hablara francamente, de verdad, sin cortesías y rodeos). Comienzo por algunas declaraciones.
Empezando por el privilegio: uno de ellos es tener la licencia, la posibilidad de estar en semejante nivel de intimidad con otra persona. Y quedarse cerca de ella hasta que encuentre su camino. Hay un camino, singular para cada una.
Y cruzar los dedos por ella, irradiándole energía, poniéndonos tras bastidores, mientras la persona está haciendo su trabajo. ¡Y si tenemos la paciencia necesaria de esperar, podemos ver y confirmar, muchas y muchas veces, que la magia funciona!
Con los otros... hoy tengo muy claro que cuando estamos investidos de la autoridad de ayudar a los otros, la fuerza, la lucidez vienen juntas. Desde que esa condición simplemente sea para nuestro ejercicio profesional, y no abusándose para servir algún propósito personal o aún más, como instrumento de abuso de poder.
Y allí viene el primer punto dolorido. No tenemos la misma jurisdicción con nosotros y con nuestras personas más íntimas. Como el dicho, “en casa de herrero, cuchillo de palo”.
Nuestra mirada, tan entrenada, esa nuestra secreta mirada puede alertarnos incluso que estamos entrando en territorio de arenas movedizas, pero no tendremos la posibilidad más pequeña de evitar el accidente...
Somos víctimas de nuestro propio saber. Tenemos sin embargo alguna posibilidad de previsión, pero sólo lo suficiente para provocar aflicción.
Si en familia nos atrevemos a decir alguna cosa, cualquier cosita, ya viene la trágica contestación: “Ya vienes tu con su psicología” Y al mismo tiempo, cuando nos rebelamos y contestamos en forma mucho más humana, más emocional, allí viene: “¿Pero tu, psicóloga, comportándose así, de esta forma?”
En una reunión social, alguien entra a hablar y hace la pregunta fatídica: ¿En qué trabaja usted? Hoy uso el recurso de contestar: Soy una maestra. Todos se detienen por allí. Es que todos tienen la vivencia de eso que es ser maestro. Y no es ninguna mentira, pues que realmente somos una especie muy especial de maestros.
¿Ya te has dado cuenta que los estudiantes y clientes se gradúan, se forman, tienen alta de sus males, y que nosotros pasamos la vida yendo a sus graduaciones, y que cómo terapeutas nosotros nunca no nos formamos, nunca tenemos alta, siempre regresando al punto de partida, y recomenzando?
Ahora, en la misma reunión social, caí en el disparate de decir en una voz baja, tímida y humildemente: -“Yo soy psicoterapeuta..."
La reacción es instantánea y dividida en dos posibilidades: la primera, de aislamiento: “No me vayas a analizar...”La otra, osada, pero que también nos aparta; “Entonces dime cómo soy..." Es cuando nos revelamos como una “cosa excéntrica". Es como si nosotros miráramos el mundo a través de lentes sofisticadas, muy diferentes de los demás...
Siempre estamos -como cavando por diamantes-en busca de la palabra plena... en que el Ser, el Sentir, el Expresar se integran en la misma dirección... Ese momento es tan raro...
¡Tenemos necesariamente que mantener una rica vida personal, para ser capaces de esperar serenamente que la persona haga su trabajo en su propio tiempo y no según nuestra expectativa!
Estoy recordando situaciones en que atender duele. Cuando ocurren pérdidas importantes, con el corazón sobrepasado de dolor y cicatrices, a veces reaccionamos con impaciencia en el contacto con personas que están dando vueltas alrededor de sus temas personales, que en esa situación nos parecen triviales, sufriendo por miedo a sufrir.
Es espantoso que, al mismo tiempo, en situaciones muy turbulentas, en las crisis de pasaje que enfrentamos, haya situaciones en que nos preguntamos quienes tendrían que pagar a quién, cuando la asistencia a otro nos trajo alivio, constituyéndose en un bálsamo para cuidar de nuestra alma...
Algunas personas creen que leemos los pensamientos... Y se mueren de miedo de que se los desenmascare (lo peor, acá entre nosotros, a veces los leemos de verdad...) Es que leemos el texto, el pretexto, el subtexto, el supertexto, el hipertexto, el infratexto... Es la marca de la profesión...
Compartimos y reconocemos el momento y la emoción de la llegada, del Encuentro, de la palabra que brilla porque viene llena de significado y totalidad. Y al mismo tiempo sabemos que no se trata de un momento pasible de ser repetido por algún efecto técnico.
Nueva paradoja: ¡se trata exactamente de un momento en que arriesgamos realmente dejar cualquier conocimiento, técnica, o experiencia anterior y entramos con las manos vacías, llevando sólo nuestra humanidad que, casi milagrosamente, toca la humanidad del Otro, y al final nos unimos en un tercer punto que no es ni mi punto ni el del Otro
En este sentido, son esas las vivencias que tenemos en nuestro oficio, ese Encuentro real de dos seres humanos, compañeros de vida, que llegan al nivel de lo Sagrado.
Creo que es ahí que quedamos enredados, esperando el próximo (y altamente improbable Encuentro)... ¡Y eso nos remite a nuestra propia soledad!
Con la mayoría de las personas que cruzan nuestra vida, podemos mismo caminar cerca de ellas hasta que encuentren su camino, cuando entonces ganan velocidad, y en este momento nos quedamos en el umbral de su existencia; podemos acercarnos, pero quienes transponen esa verja son ellas.
Exclusivamente solas... por más que querramos ir juntos... y así es como debe ser.
Otro punto que causa incomodidad: ¿ustedes ya notarán que cuando, estamos con algún sufrimiento tematizado, y que lo guardamos criteriosamente escondido y nos vamos a cuidar de otros, allí exactamente, por fuerza de nuestra tarea, justamente ahí, es que nos colocan en los temas y los lugares dolorosos para nosotros, sin la posibilidad redentora de elección?
Revisitamos puntos e historias dónde la cicatrización en nuestra alma no es todavía completa, y hacia allí somos llevados.
Para tener la energía de abrir el espacio para que el otro se encuentre con sí mismo, es como si nosotros casi ni existiéramos, ni respirásemos, ocupando el espacio más pequeño posible. Tenemos que aprender a dejar nuestras propias necesidades y deseos de lado, usándolos apenas como señalizadores.
Siempre tenemos la doble tarea de estar alertas sobre lo que pasa en nosotros y al mismo tiempo, extendernos hasta la persona que está con nosotros. Sin que nosotros nos perdamos. Pero siempre al servicio del Otro.
en busca de la palabra plena... en que el Ser, el Sentir, el Expresar se integran en la misma dirección... Ese momento es tan raro...
¡Tenemos necesariamente que mantener una rica vida personal, para ser capaces de esperar serenamente que la persona haga su trabajo en su propio tiempo y no según nuestra expectativa!
Estoy recordando situaciones en que atender duele. Cuando ocurren pérdidas importantes, con el corazón sobrepasado de dolor y cicatrices, a veces reaccionamos con impaciencia en el contacto con personas que están dando vueltas alrededor de sus temas personales, que en esa situación nos parecen triviales, sufriendo por miedo a sufrir.
Es espantoso que, al mismo tiempo, en situaciones muy turbulentas, en las crisis de pasaje que enfrentamos, haya situaciones en que nos preguntamos quienes tendrían que pagar a quién, cuando la asistencia a otro nos trajo alivio, constituyéndose en un bálsamo para cuidar de nuestra alma...
Algunas personas creen que leemos los pensamientos... Y se mueren de miedo de que se los desenmascare (lo peor, acá entre nosotros, a veces los leemos de verdad...) Es que leemos el texto, el pretexto, el subtexto, el supertexto, el hipertexto, el infratexto... Es la marca de la profesión...
Compartimos y reconocemos el momento y la emoción de la llegada, del Encuentro, de la palabra que brilla porque viene llena de significado y totalidad. Y al mismo tiempo sabemos que no se trata de un momento pasible de ser repetido por algún efecto técnico.
Nueva paradoja: ¡se trata exactamente de un momento en que arriesgamos realmente dejar cualquier conocimiento, técnica, o experiencia anterior y entramos con las manos vacías, llevando sólo nuestra humanidad que, casi milagrosamente, toca la humanidad del Otro, y al final nos unimos en un tercer punto que no es ni mi punto ni el del Otro.

(*) Jean Clark Juliano, es psicóloga brasileña, pionera en la introducción de la Gestalt en su país; con mas treinta años en la práctica clínica , ha ofrecido cursos y workshops en Gestalt en los principales centros de Brasil, México , Estados Unidos y Argentina.


ENFOQUE GESTÁLTICO Edición 32 Verano 2006


 
Asociación Gestáltica de Buenos Aires l 2007