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Temas de Psiquiatría: Tristeza Estacional
Alejandro Napolitano (*)
Nuestra vida posee una cualidad rítmica accesible a la más elemental de las observaciones. Hemos recibido en herencia tanto un reloj como un calendario. Ese reloj y ese calendario pautan ritmos propios que buscan sincronizarse, armonizarse, con ritmos planetarios y cósmicos que los preceden con amplitud. Mucho antes que cualquier forma viviente habitara este bello y maltratado planeta, el cielo y la tierra mostraban ya su danza de encuentros y retiros cotidianos. A poco de surgir la vida, cuando los seres humanos aún no habíamos aparecido, las plantas aprendían a aprovechar la luz solar, a resguardarse del rigor invernal, y a volver a abrirse en la tibieza del aire de la primavera. Lo primero que percibimos fue la noche y el día. Supimos luego referir la duración de una jornada completa al intervalo entre dos pasajes del Sol por el mismo meridiano, unas 24 horas, 3 minutos, 56.55 segundos. Luego aprendimos a reconocer el mes, que es el tiempo que transcurre mientras la luna completa su órbita, o el lapso en que podemos observar dos fases lunares consecutivas. Según cual de estos métodos utilicemos, contaremos unos 28 o 29 días, precisamente la duración de un ciclo ovárico en la mujer. El año será lo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol: 365,2422 días. Finalmente, en el año, se impone la distinción de las estaciones, con su variación no sólo térmica, sino en la cantidad y calidad de luz solar que recibimos. Veremos, en un momento, como muchos estados emocionales y psicológicos pueden variar, fuertemente ligados a estos ritmos.
Sabemos que los programas rítmicos, capaces de originar oscilaciones regulares de nuestra fisiología y comportamiento, se encuentran incorporados al genoma. Ahora bien, ¿cómo hace nuestro organismo para, disponiendo de esos programas genéticos, sincronizar su funcionamiento con los ritmos planetarios? Parece ser que la clave está en el procesamiento de la luz solar. Asomémonos, brevemente, al intrincado y subyugante mundo de la cronobiología.
Justo detrás del entrecejo, un poco por arriba y por detrás del nacimiento de la nariz, existe una pequeña formación del cerebro, de un tamaño aproximado a la mitad de la tercera falange del dedo meñique: el hipotálamo; una estructura nerviosa extremadamente importante en la coordinación de numerosas funciones orgánicas básicas para la vida, tales como, la presión arterial, la temperatura corporal, el apetito, el funcionamiento de las glándulas de secreción interna y muchas más. En su porción anterior, el hipotálamo posee un pequeño núcleo, formado por unas 10.000 células nerviosas, que por estar por encima del sitio en que los nervios ópticos se cruzan, recibe el nombre de núcleo supraquiasmático. He ahí nuestro pequeño reloj biológico, capaz de sincronizar el ritmo sueño/vigilia con el ciclo noche/día. Para poder lograrlo dispone de una conexión directa con los ojos, a través de un pequeño haz de fibras que le llegan desde la retina, ajustando entonces su funcionamiento a la hora local. Es así que al evaluar las condiciones lumínicas, puede informar acerca de ellas a otras regiones del cerebro, que acompasarán entonces su funcionamiento. Además de aportar datos sobre la intensidad luminosa, lo hará sobre el ángulo de incidencia de los rayos solares, informando de este modo sobre la estación del año. Una de las conexiones más importantes del núcleo supraquiasmático es la que posee con la glándula pineal. Esta, durante mucho tiempo misteriosa, estructura cerebral, toma la información lumínica proveniente del núcleo supraquiasmático, y con ella contribuye a organizar dos ritmos clave. Por un lado ordena el ritmo circadiano sueño/vigilia (llamamos circadianos a los ritmos que poseen un período de aproximadamente 24 horas), y por otro regula algunos ciclos de oscilación estacional, como lo son, en los animales, los períodos de celo y reproductivos. Estas funciones tan importantes las cumple la pineal gracias a los efectos de una hormona que ella fabrica: la melatonina.
Desde hace ya algún tiempo, comenzó a vincularse, en los seres humanos, la oscilación cíclica de este sistema luz-núcleo supraquiasmático-glándula pineal- melatonina con alteraciones recurrentes del humor que presentaban algunas personas, dando lugar a la descripción en 1984 , por Norman Rosenthal, del Trastorno Afectivo Estacional, o SAD por su sigla en inglés (Seasonal Affective Disorder). Comenzó además a prestarse mayor atención al hecho que, independientemente de la existencia de un trastorno psicológico, todas las personas muestran oscilaciones más o menos acentuadas no sólo del humor, sino de sus capacidades intelectuales y físicas, en los distintos momentos del día y en las diferentes épocas del año. Más aún, existen claras preferencias personales respecto de la hora del día, o la estación del año, en que la capacidad autoevaluada para encarar un trabajo mental o físico es óptima o la tonalidad del humor personal más adecuada. Esta discriminación, perfectamente discernible en grupos poblacionales, divide a las personas en aquellas de hábitos preferentemente nocturnos (“búhos”) de las que perciben su mejor rendimiento en horas de la mañana (“alondras”).
El Trastorno Afectivo Estacional o SAD es un padecimiento del estado de ánimo conocido desde hace mucho tiempo en los países de latitudes extremas. Existen registros médicos escandinavos que lo describen como el “humor pesado de los días cortos” que datan del siglo VI de nuestra era. Los síntomas depresivos suelen comenzar, en el hemisferio sur, en abril o mayo y persisten hasta septiembre u octubre. Se trata, en general, de depresiones leves o moderadas, pero hay algunas personas en las que puede presentarse como un cuadro de mayor severidad. Incide mayormente en mujeres, y la edad de comienzo suele estar alrededor de los veinte años. En los países nórdicos afecta aproximadamente al 9,5% de la población. En Estados Unidos los valores van desde el 1,5% en la soleada Florida hasta el 9% en el extremo norte de ese país. Las oscilaciones estacionales del humor, o su forma patológica, el SAD, se consideran relacionadas con las variaciones que muestra la cantidad y calidad de la luz solar en la época invernal, particularmente notable en las regiones próximas a los polos, con sus días extremadamente cortos en invierno. La melatonina, producida por la glándula pineal en función de la estimulación lumínica, aparece directamente vinculada al desencadenamiento del cuadro, hecho este comprobado y curioso a la vez, ya que la administración farmacológica de melatonina no revierte la situación. El tratamiento del SAD dispone hoy en día de tres instrumentos: la luminoterapia, la liberación de iones negativos en el aire respirado y los psicofármacos antidepresivos. Veamos en qué consisten.
1. La luminoterapia es el tratamiento consistente en permanecer por lapsos que varían según los autores entre veinte minutos y dos horas, expuesto a una fuente de luz, especialmente diseñada, que provee entre 3.000 y 10.000 lux (también la intensidad lumínica varía según los autores), una vez al día durante cuatro semanas. La luz utilizada equivale a la intensidad lumínica de una mañana soleada (consideremos que la iluminación nocturna hogareña está entre los 50 y 300 lux). La luz intensa actúa como un poderoso sincronizador del reloj biológico humano, y su sola puesta a punto normaliza los ritmos circadianos. La normalización de estos mejora claramente los síntomas depresivos entre los siete y los veintiún días de iniciado el tratamiento. Existe consenso entre los profesionales en considerar que los mejores resultados se obtienen haciendo el tratamiento en horas de la mañana. Puestos a considerar detalladamente las cosas, los cronobiólogos diagnostican antes de iniciar la luminoterapia, el ritmo propio del paciente (“alondra” o búho”) para fijar la hora adecuada de la mañana en que conviene comenzar. Existe una variación de la luminoterapia consistente en la utilización de unos dispositivos conocidos como DDS (dawn and dask simulation) que simulan en forma automática la transición lumínica desde la salida del sol hasta alcanzar una tenue intensidad (300 lux), y que son utilizados durante las horas de sueño. Algunos autores sostienen que esta fuente lumínica, más suave y sostenida, representa un estímulo más natural y fisiológico que reporta mayores beneficios. Más allá de lo específicamente ligado al SAD, los psiquiatras sabemos que la indicación de actividad física al aire libre, en horas de la mañana, a los pacientes depresivos, cuando su estado les permite cumplirla, es un excelente coadyuvante del tratamiento.
2. Terapia de iones negativos en el aire respirado. Los iones son moléculas cargadas eléctricamente, en forma positiva o negativa. Un ión negativo del aire es una molécula de oxígeno con un electrón extra que le confiere carga negativa. Estos iones surgen libremente en la naturaleza por acción de la luz solar o los rayos de una tormenta sobre el aire, también por los movimientos espontáneos del agua y el viento. Las moléculas de oxígeno con un electrón extra neutralizan olores, son las causantes de la sensación de “limpieza y frescura del aire” en los lugares abiertos así como del “olor a agua en el aire” que a veces precede a una tormenta. M. y J.S. Terman de la Universidad de Columbia publicaron en 1998 un trabajo en el que mostraron una conexión entre la alta densidad de iones negativos en el aire respirado y la mejoría de la depresión en el SAD. Esta observación dio lugar a la utilización de pequeños aparatos que aportan al aire respirado oxígeno enriquecido con un electrón extra. El tratamiento se aplica durante las horas de sueño, obteniendo mejorías clínicas similares a las de la luminoterapia.
3. Drogas antidepresivas. Los psicofármacos antidepresivos clásicos, como la sertralina, la paroxetina o la fluoxetina son también muy eficaces en el tratamiento del SAD. Estos medicamentos actúan mejorando la acción de una sustancia presente en nuestro cerebro, muy ligada a los estados del humor llamada serotonina. La serotonina es un compuesto emparentado químicamente con la melatonina. Sin apelar a la química industrial, hay una manera casera y eficaz a la vez de colaborar en este sentido, cual es la ingesta de alimentos ricos en triptofano, un aminoácido precursor de la serotonina, que se encuentra en la banana, el tomate, el chocolate y algunos otros alimentos.
Hemos visto, en un somero vistazo, la existencia de una afección del humor claramente ligada a una alteración de los ritmos biológicos endógenos. De alguna manera podríamos comprender así, que el tiempo, el ritmo, la pausa, también pueden ser parte del enfermar y el curar. Existen muchas enfermedades que muestran señales de ritmos, pulsos o relojes internos alterados. Nuestro organismo está fuertemente marcado por la existencia de ciclos regulares que nos precedieron: el día, el mes, el año, las estaciones. El mundo que hemos construido en los últimos ciento cincuenta años, se aleja cada vez más de aquellos ritmos básicos, y nos aleja cada vez más de las fuentes originales de la vida. Hemos transformado a menudo la noche en día y al día en una fatiga interminable de deberes y obligaciones. Sepamos tener en cuenta que las raíces biológicas de nuestra condición humana probablemente nos estén mostrando una pauta de cordura elemental que sería saludable comprender.
Algunas referencias:
1. “Relojes y calendarios biológicos. La sincronía del hombre con el medio ambiente” D. Cardinali, D. Golombek, R. Bonanni Rey, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1992
2. National Alliance on Mental Illness (NAMI) www.nami.org
3. Center for environmental therapeutics www.cet.org
(*) Alejandro Napolitano es médico psiquiatra, psicoterapeuta gestáltico y ex-director de la Escuela de Especialización en Gestalt de AGBA.
ENFOQUE GESTÁLTICO Edición 35 Verano 2007
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