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EDICIÓN 35
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  La higuera: crónica de una relación adictiva / perversa
Cuento
Alba Norese (*)

Ella era joven. Nada conocía detrás de esas paredes, más allá de ese patio.
Esa mañana el sol era tibio, era primavera, todo brotaba, ella misma brotaba, era toda promesas. Estaba llena de potencial, asomaban hojas y ramas nuevas, auguraba grandes frutos dulces. Toda la situación era adolescente, inclusive el miedo a vivir, a crecer, a sentir, que la atormentaban frente a tanta energía y promesa de amanecer de la vida.
Estaba llena de inseguridades y carencias.
De pronto algo la toca, suave tímidamente, una mano, una sonrisa, una tibieza que acaricia, un perfume embriagador.
-Que es esto, es que será...?. No, a mi no me puede pasar esto, soy tan torpe, tan insulsa, ni siquiera tengo flores ni perfume. Debe ser otra cosa. ¡Cuidado!
Sin embargo los acercamientos se multiplican cada vez más tibios. Contundentes.
-Si, definitivamente es una caricia, es una muestra de interés, alguien quiere estar conmigo.
Parece que valgo la pena, ¡ qué gratificante!
No solo son caricias, vienen también ramilletes de flores amarillas con un perfume muy dulce, casi empalagoso. No lo puede creer, el amor viene con aquello que a ella le falta y no se fija en sus defectos. ¡Se rinde, abajo las defensas!
Tiempo después, en confidencias a su vecina, la naranja, se la escucha decir. Me hace sentir tan bien, tan deseada. Somos la pareja perfecta, me cela de todos, hasta de mis familiares, seguro es porque me ama. Cada día me reitera su amor enredando una nueva rama a mi alrededor. Si, es cierto, aprieta un poco pero yo a cambio me siento segura, contenida, confiada, (amada?). No puede vivir sin mi y yo no quiero vivir de otra manera-
-Ay!, no me ahogues!
La enredadera, ante estos reclamos de la higuera, a veces alude a su triste infancia infeliz y su necesidad de amor y de sostén.
Otras veces, perdiendo la paciencia amenaza con abandonarla por otro árbol.
Pueden surgir a menudo miradas llenas de odio y desvalorización. Algunas otras veces la escarmienta con silencios de semanas.
Y siempre todas las tácticas terminan en lo mismo: una reconciliación sin disculpas ni aclaraciones, mas presión, mas ahogo. Mas y más.
Pasaron los meses, los años, la higuera ya no es más reconocible. La hiedra tomo su cuerpo, su vida y se convirtió en otra cosa. Ni ella misma  se reconoce. Sin la hiedra no sabría quien es. Sufre mucho y sin embargo no se imagina vivir de otra manera, ni estar sola, ni respirar a todo pulmón. Parecen una sola planta ¡tanto se confunden!
Para la hiedra, en cambio, esta es su forma de vida, ¿sufre? No sé, parece feliz.
Lo que sea que encuentra a su paso, con vida o no, si lo necesita lo conquista, lo coloniza y así consigue la forma de la que carece. Puede convertirse en una pared de hiedra, una coqueta lomada verde o un árbol. No importa sobre lo que fije sus ramas siempre que no ofrezca demasiada resistencia y se deje seducir. Eso sí, que no demuestre el agobio ni el dolor porque eso la pone de mal humor.
Para la hiedra este “juego” es muy importante, siente que le va la vida en él y por lo tanto tiene que ganarlo a toda costa. Una vez que consiguió su objetivo, vive casi tranquila, su única preocupación es no perder esta forma que logró, no desintegrarse.

A quien también le iba la vida en este juego era a la higuera, y no era un como sí. Por suerte un buen día, muy bueno para ella, nuevos aires soplaron por ese rumbo.
-La higuera no está mas- decían las malas lenguas ese es otro árbol.
No fue por casualidad que la descubrieron. A pesar del encierro y la negación en los que nadaba como pez en el agua, ella siguió encontrando rinconcitos por donde estirar alguna rama. Ella intuía que esto no era bueno y que allá afuera había otra vida.
Lo suyo tal vez fuera solo sobrevivir; no era ser muy valiente, ni tampoco era enfrentar al agresor, no era dar un portazo. Solo era respirar un poquito para no morir.
Y resulta que, esas ramas  que eran toda la rebeldía que se podía permitir entonces fueron también un pedido de auxilio. Alguien  la buscó, las vió, la encontró
-Allí abajo está la higuera! Saquemos la hiedra a ver si se salva- dijeron unos.
Los pesimistas sentenciaron  no vale la pena, no lo va a lograr, no va a resistirlo.-
Por suerte gano la vida vamos a darle la oportunidad-
Fue necesario mucho tiempo y trabajo para que la copa del árbol en que se había transformado la enredadera pudiera ser cortada y sacada de alrededor de la higuera.
Hubo que sacar muchas ramas y montañas de hojas. De la pobre higuera solo quedaron al final, tres ramas deformadas, con hojas apestadas y algunos higos que prometían poco. Estaba casi en terapia intensiva, había que cuidarla mucho. Dependía todo de sus ganas de vivir, su coraje. Ese había sido un primer portazo, casi una declaración de independencia. Pero no alcanzó.
Veinte días después la higuera tenía todo el tronco brotado de hojas... ¡ de hiedra!
- ¡Así no, que vuelva el jardinero!-
Esta parte del proceso tomó mas trabajo y más esfuerzo. Parecía que nada alcanzaba para terminar de liberar al árbol dentro de ese árbol. Fue como sacarle un yeso que le cubría todo el cuerpo, un corsé de mas de 5cm de espesor de ramas y troncos de enredadera superpuestos, fuertemente pegadas a su tronco, tomando forma gracias a ella.
Al final quedo flaquita, desarrapada, VIVA.
-Hola hermana, como estas?- la saludo cada mañana acariciando su tronco no del todo repuesto. Supongo que todavía  no sabe bien donde empieza ella misma ni donde termina. Es como si la hiedra fuera un miembro fantasma, ya no está pero aun pesa y duele.
Ya pasó un mes de todo esto y a pesar de estar declinando el calor, la higuera esta llena de hojas nuevas y hasta algunos minúsculos higuitos adornan sus extremos, también recupero su dulce y maravillosa fragancia a siestas de verano. ¡Y pensar que alguna vez creyó que por no tener flores carecía de perfume!
La miro e imagino que tal vez para el próximo verano las cicatrices ya no se noten y esté cubierta de frutos, al sol y feliz. Es casi seguro  que lo va a pensar muy bien antes de dejarse acariciar por otra cosa que no sea alguna torcaza o un aguacero. Apostaría que hasta aprendió a acariciarse y bastarse sin depender. Su vida ahora esta en sus manos, con la ayuda del jardinero.
(por si alguien se pregunta por la hiedra del vecino, sigue allí, en lo alto del techo del galpón, hay que tener cuidado de no dejarla avanzar, ahí, donde está, es inofensiva)
Alem, Pcia de Bs As. Fines de febrero 2007

(*) Alba Norese es Lic. en Psicología y miembro del Servicio de Asistencia a la Comunidad de Agba.

ENFOQUE GESTÁLTICO Edición 35 Verano 2007

     
 
Asociación Gestáltica de Buenos Aires l 2007