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EDICIÓN 36
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  El Self en Grupos: del concepto a una fuerza actuante (2ª parte)
Jean-Marie Delacroix (*)


Publicamos la 2ª y última parte de este artículo que propone ideas novedosas incluyendo conceptos fundamentales de la teoría del Enfoque Gestáltico. Esto resulta un interesante aporte para la comprensión de los procesos dinámicos que se desarrollan en el transcurso de la Psicoterapia Grupal.
Lic. Nora Spinetto y Lic. Fernando Bianchi
DEPARTAMENTO DE GRUPOS



Devenir de la emocionalidad grupal
· La proyección: fenómeno paradójico de protección y de vínculo
Para desarrollar este concepto del devenir de la emocionalidad grupal, vamos a empezar por evocar ciertos mecanismos que constituyen lo social y daremos dos ejemplos clínicos a partir de un fenómeno clásico descrito desde hace mucho tiempo por los psicólogos interesados en la dinámica de grupos: las reglas implícitas en un grupo.
Si hacemos referencia al modelo de Bion, la angustia es la base misma de esta emocionalidad grupal. Es la angustia del encuentro, ya sea la repulsión o la atracción, que suscita el otro en uno mismo.
Desde el punto de vista de la Gestalt, esta angustia aparece en el momento en que el reconocimiento de una necesidad por parte de un animal humano llama al reconocimiento del medio ambiente humano como paso esencial para la satisfacción de esa necesidad. Aparece entonces un momento clave en que se conjugan tres elementos esenciales:
·· La fisiología: las funciones animales del ser humano revelan la necesidad.
·· Lo social: la necesidad de satisfacerse lleva al animal humano a constituirse como un individuo que tiene que interactuar con otros individuos y, por lo tanto, reconocerlos.
·· Lo psicológico: se da una toma de conciencia de los sentimientos y emociones evocados por el reconocimiento del otro y los otros como un paso esencial para lograr la satisfacción.
Esta angustia aparece en el momento en el que pasamos de lo fisiológico a lo social y  lo psicológico. Por supuesto, los dos elementos nombrados por Bion, la repulsión y la atracción, se ven fuertemente movilizadas cuando hay un encuentro entre lo fisiológico, lo social y lo psicológico. Se trata, entonces, de la angustia del movimiento hacia el otro, hacia entrar en  un contacto pleno; de esa angustia detrás de la cual se encuentra una vivencia trágica que podría traducirse de la siguiente manera: “No puedo vivir y crecer sin el otro, y este pasaje por el otro puede ser una fuente de sufrimiento”.
Una de  las maneras de protegernos de la angustia, sobre todo en una situación nueva, consiste en colocar dentro de lo nuevo algo familiar. Así, a menudo podemos escuchar reflexiones de este tipo: “Me recuerdas a tal persona... hablas como fulano... tienes la misma sonrisa de mengano... cuando te miro me siento mal (o bien) porque me recuerdas a... ”
Tenemos la necesidad de tranquilizarnos y de crearnos un medio ambiente que nos recuerde a lo ya conocido. Lo familiar y lo familial(1) se sobreponen muy rápido. Aún si lo familial es conflictivo desde el punto de vista de un ser profundamente angustiado, vale más algo familiar-familial conflictivo pero conocido, que algo extraño o algo desconocido e insostenible. Así, se pone en marcha para el grupo un proceso de proyección. La emocionalidad grupal se busca una salida y comienza, gracias a la proyección que se podía percibir en principio, más como un intento de comunicación que como una resistencia. La emocionalidad grupal retroflectada, presente pero no consciente, o más o menos difusa y, en ocasiones, cerca de la conciencia, se transforma en expresión gracias a la proyección, desde los cuerpos individuales, envueltos en las manifestaciones difusas de la función ello, y a partir del cuerpo grupal que esboza sus primeros pasos, surge un principio de palabra y un intento de crear lo social.
El potencial homeostático que caracteriza a todo organismo viviente está activo en el grupo, y de un modo paradójico. Mientras más peligro se sienta, más mecanismos de adaptación y protección se manifestarán, y en este momento del proceso se trata precisamente de proyección.
(…)Hay que protegerse de la angustia del contacto, pero sucede también que estas mismas proyecciones permiten preparar progresivamente el contacto. Lo paradójico es que pueden tener una función estructuradora dentro y para el proceso de contacto. A partir de ello, el terrible paso de ir hacia el otro en plena conciencia se vuelve posible. Ir hacia el otro, tomar decisiones, hacer elecciones, rechazar, abandonar otra cosa, salir de la confluencia para ubicarse y singularizarse ante el grupo. Aquí tenemos un movimiento que sólo se puede dar a través de los fenómenos de grupo que simultáneamente lo unen y lo protegen del contacto.
· La introyección, reglas implícitas y la función de la personalidad grupal
Sucede que el grupo en algún momento toma su coloración particular, coloración que de hecho puede cambiar según las etapas de la vida del grupo. Los psicosociólogos y los psicoterapeutas hablan de hecho de la “personalidad” de un grupo. Esta coloración o personalidad puede ser, en parte, el resultado de lo que llamamos las reglas implícitas de un grupo.
Existen las reglas explícitas del grupo; aquellas que mencionó el terapeuta al proponer el marco de trabajo
Al lado de estas reglas básicas que conforman el marco, es decir el encuadre dentro del cual se dará la evolución del proceso terapéutico, van a darse, sin que nadie se dé cuenta, las reglas implícitas. El grupo va a comenzar a funcionar a partir de reglas no expresadas pero impuestas por una emocionalidad que se vuelve angustia. Son una creación que ha hecho el grupo para protegerse; se cristalizan aspectos de la “neurosis” grupal alimentada por las “neurosis” individuales reactivadas por el contexto. Estas reglas generalmente son percibidas por los psicólogos y psicoterapeutas como manifestaciones de protección. Son, entonces, mecanismos de defensa en contra del peligro.(…) Sin embargo, en la perspectiva homeostática característica de la Gestalt, son percibidas como creaciones que el grupo necesita para lograr no sólo su supervivencia, sino también su tonalidad, su cohesión y su desarrollo. Se apoyan en una confluencia grupal no expresada que, sin embargo, está inscrita en la emocionalidad grupal. Como toda confluencia, ésta es un mecanismo de doble cara: protege de la novedad, permite nutrir y solidificar el fondo grupal orientándolo hacia la cohesión, una sensación de seguridad y confianza que son elementos indispensables para después poder abordar el miedo a la novedad, la angustia del vacío cuando se da una destrucción de las formas, y la frustración ante este vacío y la pérdida de ilusiones.
Simultáneamente, además, se instala un fenómeno de introyección; a partir de un acuerdo tácito se van a introyectar estas reglas implícitas. Así se va a constituir una cierta personalidad del grupo, una función de personalidad grupal.
· El proceso grupal neurótico como protección para el individuo
Las reglas implícitas son creación que surge de la angustia, que llega de la misma emocionalidad grupal que, a su vez, se desencadena y se nutre a partir del indispensable movimiento hacia el otro para la satisfacción de alguna necesidad. Se podría decir que son la otra orilla en la fase de ponerse en contacto de las manifestaciones de la función ello en el pre-contacto. Se inscriben en una función de personalidad neurótica del grupo. Neurótica, porque estas reglas implícitas son limitantes y defensivas. Se trata, sin embargo, de una neurosis necesaria, de una neurosis pasajera que surge de la neurosis de fondo para ir hacia un “estar aquí” adecuado, para alcanzar este momento de ajuste creativo donde el mecanismo neurótico repetitivo va a disolverse a cambio de una nueva manera de estar con el medio ambiente. De hecho, la neurosis grupal está, por supuesto, constituida por los elementos que llegan de las “neurosis” individuales que entran en sintonía.
Es una especie de regresión, un evento que se cristaliza al nivel colectivo de las Gestalt inconclusas y fijadas, y las interrupciones del ciclo del contacto al que subyacen. Se puede hablar de psicoterapia profunda sólo a partir del momento en que exista esta regresión y se desarrolle hasta el impasse y/o la crisis. Eso supone que el terapeuta esté listo para sostenerla hasta la crisis, y a vivir las tensiones que va a generar en todos los miembros del grupo, incluyéndose a sí mismo.
Esto nos lleva a considerar las manifestaciones de la función ello como el preludio social. Al psicoterapeuta le toca encontrar la actitud justa y permitir que el proceso grupal se desarrolle de tal modo que estas reglas (u otros fenómenos de grupo) puedan desarrollarse, nombrarse y entrar en acción. (…)
Es claro que estas reglas implícitas, aunque necesarias para unir al grupo, tienen como función aportar una ruptura en el ciclo de contacto, esencialmente en la fase de puesta en contacto. Esto se da porque la fase de pleno contacto puede aparecer mucho más amenazante en grupo que en el ámbito individual. Se asocia a menudo con la confrontación y con al expresión de enojo, violencia, rabia. Así, se escuchan a menudo reflexiones como: “Me van a dar en la...”, o también: “De haberlo sabido me hubiera callado”.
· De la desestructuración de las formas introyectivas al ajuste creativo.
El contacto pleno contiene algo de terrorífico, porque en ese momento del proceso cada cual está frente a su “verdad” y a la “verdad” del otro. La verdadera “confrontación” no es la que consiste en hacerle frente a la reacción emocional del otro, sino, más bien, la que consiste en encontrar intensamente esta emoción y esta reacción que nos pertenecen, que emerge del fondo y se revela de una manera clara y evidente por medio del otro, a tal punto que ya no se le puede llevar a un impasse. La verdadera confrontación consiste en el encuentro con el otro a partir de este espacio interior de sombra, a veces de sufrimiento, y de entrar con él en una búsqueda de ajuste creativo, más que en la expresión narcisista o egoísta de un nivel emocional superficial que se traduce a veces en una catarsis espectacular. Se trata verdaderamente de pasar de una emocionalidad grupal al reconocimiento de una emoción personal claramente identificada, y de dejarse sorprender por el descubrimiento de que: “¡Sí! ¡Éste soy yo!”.
(…)
El proceso terapéutico no se detiene aquí, en este surgir de una forma emocional acompañada de su expresión o explosión. Se da en la fase siguiente, donde la persona se vuelve plenamente consciente de su emoción, de su vivencia y del proceso en el cual se está comprometiendo. La forma empieza a estar desestructurada, quebrada, cuando el paciente reconoce que esta emoción le pertenece, que no es “culpa del otro”, y que el otro es sólo el catalizador de lo que está inscrito desde hace mucho en el fondo.
Entonces, uno se revela con su intimidad, y la interiorización y el pudor caracterizan a la intimidad. Ésta no se puede elaborar ni desde una reacción egoísta, ni a partir de la catarsis, y en la terapia Gestalt la trampa es confundir la expresión emocional frente al otro, con el ajuste creativo.
El ajuste creativo se elabora a partir de la interiorización del proceso, del soltarse implícito en meditar sobre el “¡Ajá! ¡Sí! Así soy, y el grupo me permite revelarme a mí mismo y lo honro por ello. El grupo está compuesto de individuos que me molestan en particular y los honro por ello, y ahora ellos y yo podremos mirarnos de otra forma”.
De hecho, el tema del grupo aliado, o de los aliados que uno busca en un grupo en los momentos de crisis, es ambiguo. ¿Por qué vamos a buscar un aliado?
Probablemente, primero para protegernos, es decir para mantenernos dentro de una posición neurótica, más que para encontrar el apoyo necesario para la desestructuración. (…)
La transformación pasa a través de la desestructuración, del rompimiento de las formas, de la reintegración de la energía después de la explosión, de la interiorización consciente y de ese acto de humildad que consiste en reconocer: “Sí, este sí soy yo”. (…)
Las verdaderas elecciones sólo son posibles al término de este movimiento; no pueden aparecer en el desequilibrio que lleva a desestructurar las formas. La función ego, según la definición de Perls, Hefferline y Goodman, sólo aparece cuando se da una desestructuración de las formas, o una desestructuración del “carácter”, según W. Reich, o la disolución del ego según el modelo budista. Según la Gestalt, la función ego nos regresa a este componente particular del self, que nos permite hacer la elección justa, y esta elección justa nos lleva a la desestructuración de las formas neuróticas que nos impiden dar cabida al ajuste creativo y vivir, retomando la expresión de Fritz Perls, esa especie de “mini satori”.
En términos más sencillos, en su componente de función ego, el self se puede manifestar sólo después de la destrucción de los mecanismos repetitivos que constituyen el carácter y su rigidez.
· De la neurosis grupal al individuo que elige
El surgimiento de las reglas implícitas y el descubrimiento de estas reglas ilumina una serie de características grupales que, una vez  y reconocidas, definen una función de personalidad grupal que trabaja subterráneamente en el fondo grupal. En algún momento durante el proceso se pueden decir, por ejemplo, palabras como las siguientes: “Somos un grupo que está instalando un sistema para proteger a uno de sus miembros... Somos un grupo que actúa la sexualidad pero evita verbalizarla... Somos un grupo que desvía su agresividad hacia tal persona o a través de tal comportamiento...”
En la teoría del self, la función personalidad se presenta como una de las tres funciones del self; es uno de los “estados mayores del ajuste creativo”. “Es la figura creada en la cual se convierte el self, asimilándola al organismo y uniéndola con los resultados anteriores...” (P.H.G.)
Se ve cómo los “conceptos erróneos” que definen al grupo bloquean la función ego, y por ello se pierde la capacidad de elegir. La función ego sólo puede activarse cuando la “neurosis grupal” se ve desenmascarada, nombrada y reconocida. (…)
Así, a este nivel, los fenómenos de grupo aparecen ya no tanto con el aspecto de vínculo anteriormente mencionado, sino como un intento de definición grupal. (…)
Al mismo tiempo que la función ego grupal se manifiesta, es la función ego de cada individuo la que se expresa. Se moviliza a partir del momento en que los individuos expresan claramente su deseo de hablar o no hablar. El self se desarrolla de una manera más específica a través de esta modalidad.
Así, la regla implícita se suprime, la resistencia cae y, con ella, los mecanismos de interrupción del ciclo de contacto anteriormente nombrado: retroflexión-introyecto-confluencia-proyección. La función ego se vuelve a encontrar, dando una nueva definición a cada individuo y, en consecuencia, una nueva definición a la función personalidad grupal.
El proceso podría resumirse de la siguiente manera:
·· Existen en el grupo silencios en relación con la vida afectiva y sexual entre los individuos.
·· La angustia generada por la idea de restituir al grupo estos elementos, lleva a la deflexión y a unas reglas implícitas; no se habla de nuestra sexualidad durante los tiempos oficiales del grupo, sólo se permiten algunas “escapadas” cuando no son peligrosas, fuera del trabajo.
·· La función ello y la función personalidad del grupo circulan de una a otra y se nutren mutuamente impidiendo el surgimiento de la función ego. Se crea así lo que podríamos llamar la neurosis grupal.
·· Los individuos toman consciencia de estos fenómenos de grupo. En esta fase es indispensable el reflejo del terapeuta, de la misma manera en que una actitud y un silencio de su parte pueden favorecer la intensificación de la angustia y del malestar hasta que lleguen a un clímax que perturbe la historia grupal.
·· La movilización de la función ego. Pasamos de un “se habla a pesar de mí, a un “hablo por elección”, así como un “se relaciona impulsivamente a pesar de mí” a un “emito conscientemente un acto claro o una palabra precisa dirigida hacia un interlocutor preciso”.
A partir de ello nace a veces una manera espontánea, una novedad y una búsqueda de ajuste que no implica sumisión, resignación, inconsciencia o negación, sino un ajuste en la responsabilidad: un ajuste libre.

(1) Familial.- Se optó por dejar este vocablo francés por tratarse de un juego de palabras intraducible. Se trata de ”aquello que se refiere a la familia” por oposición (en este texto) a  “Familiar”: “aquello a lo que una persona está acostumbrado o que le es bien conocido”. (Nota del Corrector de estilo).

(*) Jean-Marie Delacroix es psicólogo clínico, co-director del Instituto de Terapia Gestalt de Grenoble y de Instituto Francés de Terapia Gestalt.

(**) Artículo Publicado en la revista Figura / Fondo, Vol. 4, N° 1, Primavera 2000.

Traducción de Guy Pierre Tur.



ENFOQUE GESTÁLTICO Edición 36 Otoño 2008


     
 
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